Jessica” es una pieza instrumental de la banda estadounidense The Allman Brothers Band lanzada en 1973 en el álbum Brothers and Sister. 
Fue escrita por el guitarrista y vocalista Dickey Betts, junto con la ayuda de su amigo Les Dudek. Se dice que la tituló así en homenaje a su hija.

Una canción que dura unos 7 minutos y medio y que cuando la escuchas sientes que nada puede ir mal, de hecho es una canción optimista, vitalista o eso es lo que a mí me transmite.
Es de esas canciones que te pondrías al despertar para empezar un buen día.
Un día de esos en los que el sol brilla, no tienes prisa en salir de la cama, pero saltas sobre ella, saltas de felicidad porque el amor te rodea y un día espléndido te espera.
Un día en el que bailando y saltando, decides bajar de la cama, bajar a tierra, pisar suelo cálido, y caminas descalza hasta tu maravillosa cocina para ofrecerte un desayuno genial, eres afortunada, la vida te sonríe y has cumplido tus sueños. 
Es una canción muy así, muy positiva, es alegre, es una sonrisa enorme en tu cara, es ganas de bailar, de tararear, de saltar, jugar, y compartir, y no puedes parar de bailar y de vivir, plena y felizmente. 
Así es “Jessica” para mí. Es así como me hace sentir cada vez que la escucho, es lo que imagino en mi cabeza cuando suena esa melodía, no puedo evitarlo.
Para algunos entendidos en la materia "Jessica" es una obra maestra. O una pieza muy relevante dentro de la historia de la música, más concretamente del rock estadounidense.
Para mí, “Jessica”, es mucho más que todo esto. Es el origen. Es identidad. Es mi historia y también mi nombre.

Llegué al mundo un 29 de marzo de hace más de 3 décadas. 
(Voy a hacerme la interesante y creo que voy a empezar a no revelar mi edad exacta, porque mi cara ya no es la que era, y lo de hacerse mayor empieza a notarse. 
Hay días que lo llevo estupendamente bien, otros que lo llevo regular y otros que no lo llevo, pero así es la vida y lo importante es seguir sumando.)

Bueno, sigo. Llegué al mundo en primavera, en una noche de luna llena. 
Luna llena, sí,  es posible que quizás sólo por ese pequeño detalle sea irremediablemente tan intensa, y a estas alturas ya he descubierto que no hay remedio para ello, que le vamos a hacer…
Continúo. Como ya he dicho mi nombre estaba ya escrito y compuesto antes de que yo naciera. 
Fue mi padre el mayor responsable de que yo acabara llamándome Jesika*.
Él, que tocaba una batería cuando tenía 17 años, escuchaba toda la buena música que llegaba del otro lado del charco y coleccionaba vinilos que no dejaban de sonar desde que tuve uso de razón. 
Así es como recuerdo mi infancia. Música, música y más música. Bailar, bailar, y bailar.

En mi casa teníamos dos salones, un salón era el de la música, y el otro el del cine. Cuando llegaba el fin de semana, desde que nos despertábamos hasta la hora de comer, los vinilos sonaban a tope durante toda la mañana, bailábamos sin parar por toda la casa. 
Por aquel entonces el pasillo estaba forrado de moqueta y solía acabar de rodillas tocando mi guitarra ficticia junto a mi padre mientras escuchábamos a Simon And Garfunkel, The Allman Brothers Band, ZZ Top, Jefferson Airplane, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Santana, y muchísimos más.

A veces venían amigos de mis padres y entonces también escuchábamos vinilos.
Hay un día que no voy a olvidar jamás, sé perfectamente quiénes estábamos, y puedo decir que yo no tendría más de 7 años. Pusieron "(I can´t Get No) Satisfaction" de la banda The Rolling Stones, y todos los que allí estábamos nos pusimos a cantar, incluida yo, nos levantamos y empezamos a bailar, allí, en el salón de mi casa. Creo que sólo por ese instante mágico esa canción es una de mis canciones favoritas.
Y bueno, crecí con la buena música que se pinchaba en casa, como cuando le pones música a una planta para que crezca sana, contenta, mejor, para que vibre, y sea feliz. 

Fue así como crecí con Pink Floyd, Queen, Deep Purple, The Stooges, Dire Straits, Mike Oldfield, Bruce Springsteen, The Police, B.B. King, Otis Reeding, Johnny Winter, John Mayall, John Lee Hooker y una interminable lista de bandas y músicos que llenaron los días de mi infancia de poesía. Es injusto dejarme tantos sin mencionar pero no acabaría nunca probablemente, ya que la colección de vinilos del “viejo” es grande, es extensa. 
Así que con 7 años era una fan confesable de Tina Turner y Joe Cocker. 

Siendo adulta pude disfrutar de Ika Turner en concierto, en un Getxo Blues que no olvidaré, aunque hubiera preferido ver a la gran Tina Turner, sin duda alguna. 
Elliott Murphy me enamoró en directo hace ya unos cuantos años. Según oí su voz me transporto a mi infancia, al igual que Boo Boo Davis, menuda voz, te atrapa desde el primer segundo. 
John Mayall y su armónica me hicieron vibrar y reprenderme por no haber aprendido a tocarla a pesar de haber tenido una desde que tuve uso de razón. Jimmy Cliff fue bailar con buena vibra sin parar en todo lo que duró aquel concierto. 
Bob Dylan, en la playa de Donosti, fue una gran decepción, dio todo el concierto de espaldas a la multitud y me pareció que no nos merecía allí. Pero había que ir a verlo, como no.
Johnny Winter en directo fue una experiencia religiosa, o más bien sagrada. 
Sentado, con su sombrero, su pelo blanco cayendo por sus hombros y la guitarra en sus manos. Un anciano. Un anciano que de anciano sólo tenía su aspecto, madre mía que caña, eso fue un concierto y un ritmo acelerado vibrante en el que no pude más que disfrutar admirada viendo a aquellos hombres que tenía ante mí tocar. Su baterista Vito Liuzzi, desprendía tal energía, tocaba la batería de tal modo que me enamoré de él a pesar de su edad. Sólo con verle tocar le hubiera hecho el amor allí mismo. Y no me avergüenza decirlo, sólo aquella vez he sentido algo así, y fue increíble.

Pude ver a Gregg Allman*, gratis, gracias a un Azkena Rock, en Vitoria, un mediodía que hacía calor y pegaba fuerte el sol. Fue muy emocionante para mí, firmó mi cd, y pude confesarle la causa de mi nombre.
Y qué decir de The Black Crowes, desde que estamos en pandemia no dejo de pensar en este concierto. Fue un concierto increíble en el que bailé sin parar de principio a fin. Tengo tantas ganas de bailar. 
Tengo tantas ganas de bailar rodeada de gente y música en directo que a veces duele. Antes de la pandemia ya llevaba tiempo sin ir a un concierto, pero por lo menos podía salir a bailar, ahora ya ni eso. Bailo en casa, sola, y no es lo mismo.

A veces siento que sólo cuando bailo es cuando me encuentro con mi esencia, cuando a pesar de todo, a pesar de cómo me esté yendo la vida, en esos instantes, soy verdaderamente feliz. 

Sólo espero, que cuando expire mi último suspiro, y ya no esté en este mundo, repiquen las campanas, allí en Illana. Que los que me conozcan me recuerden con una sonrisa en los labios, pero sobretodo me recuerden bailando, bailando como si no hubiera un mañana y el mundo no existiera a mi alrededor, mientras suena “Jessica” de The Allman Brothers Band. 

Hay canciones que encierran vidas enteras en ellas, y yo, yo soy una canción como esas.





*Escribo mi nombre con una s y k por que en euskera no existe la c, y fue así como lo aprendí a escribir cuando era pequeña, en la ikastola. 
*Ha sido terminar de escribir esto y descubrir que un 8 de diciembre nacía Gregg Allman en 1947 en Nashville, Tennessee. 


Texto y fotografías: Jesika Martínez-Alcocer .
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